Páginas vistas en total

jueves, 8 de febrero de 2018

EL LOBO SE VISTE CON PIEL DE CORDERO


 
 
Reescritura y adaptación de texto leído en internet.
Resultado de imagen de el lobo se viste con piel de cordero


Abrió los ojos, desconocía cuánto tiempo había estado inconsciente. Parpadeó varias veces. No veía con claridad, olía a líquido antiséptico. Siguió parpadeando y  cuando todo fue nítido comprobó que tenía viales en el brazo derecho que lo conectaban a un par de goteros, había poca iluminación, distinguiéndose en la penumbra la luz azulada de un monitor que marcaba sus latidos y sus constantes. Pronto comprendió que aquella cama en la que estaba prostrado y aquella habitación en la que se hallaba eran las de un hospital. Trató de hablar, en vano: algo no iba bien en su garganta. Como si se la hubieran lijado por dentro. Minutos después, que en la desoladora e inconsciente soledad, le parecieron horas, vio entrar a una joven vestida con bata blanca. Era una enfermera. Levantó el brazo libre para llamar su atención pero apenas lo pudo mover unos centímetros. No obstante, suficientes para que ella se diera cuenta porque se acercó y le habló, sonriente.

No atinaba a escuchar bien su voz pero pudo entender, leyendo sus labios, que lo habían «operado» y que «todo había salido bien», así como el día que era: «sábado». ¿Sábado?,  se preguntó.  Hizo memoria. Su último recuerdo era de un miércoles, por lo tanto llevaba allí tres días ¡Tres días inconsciente!

Los recuerdos pugnaban por salir. Ese miércoles, recordó, conversaba con un compañero en la puerta de comisaría acerca de los recientes incidentes que trágica y cruelmente le habían costado la vida a unos policías, él hacía hincapié en la necesidad de extremar las medidas de autoprotección, que aunque supusieran un esfuerzo mental y un estrés —intolerable para cualquier mente—, había que hacerlo, que la situación no es que se estuviese poniendo negra es que ya estaba así hacía tiempo, por ETA, por GRAPO y por todos los demás que habían venido luego a sumarse. Eso le decía, y el otro asentía todo el tiempo. Acababan de relevar al del puesto de seguridad un rato, para que pudiera tomarse un café, todo parecía en calma, no había abierto el DNI y la sala de espera estaba sin denunciantes, cuando cortando la conversación, en el mismo umbral apareció ella. Se trataba de una vieja conocida de la policía, de cuyas obras y andanzas daban cuenta medio centenar de folios contenidos en legajos apilados en una estantería del Archivo, de las que pasan mucho tiempo alojadas en dependencias aunque jamás abonen su estancia al Ministerio del Interior. Alguien que los había hecho trabajar a ellos dos en más de una ocasión.

Su estado, comprobaron enseguida, era lamentable: muy desaliñada, vestida prácticamente con harapos, pelo mal cortado (probablemente por ella misma) y grasiento, peinado estrafalariamente, desprendiendo un olor nauseabundo, mezcla de orín y sudor. Esta, recuerda que pensó en ese momento, hace tiempo que no conoce ni el agua caliente ni el jabón.  El olor, que casi se hacía sólido, contrastaba con el antiséptico que olía ahora mezclándose ambos en su rememoración.

Había tenido su primera intervención con ella cinco años antes de este momento,  cuando trató de matar a su marido.  Sufría, al parecer, de celos. Celos de la peor clase, de los que trastornan. Hasta tal punto la envenenaron que llegó a la conclusión de que si no era para ella lo mejor era que no fuera para nadie, decidiendo una noche apuñalarlo mientras dormía. Por suerte para el infortunado ella hendió el cuchillo jamonero en el hombro en lugar de en el corazón, que pegó en hueso, y las siguientes estocadas que le intentó dar todas fueron a parar a los antebrazos con que éste se protegió, cubriéndose la cara. Los gritos de dolor y auxilio alertaron a los patrulleros que pasaban, casi deslizándose, en la madrugada silenciosa justo por delante de la ventana del domicilio en cuestión, que era un bajo a nivel de la calle, y penetrando raudos por la ventana la detuvieron, no sin antes tener que desarmarla luxándole la muñeca del puño con el que blandía el cuchillo ensangrentado y evitando, como pudieron, arañazos y mordiscos con que, a falta ya de hoja toledana, quiso obsequiarlos seguidamente a modo de saludo.

De no haber sido por la rápida intervención de él y de su compañero, el esposo no lo habría contado, pues por lo que dijo, tanto en ese momento como durante su estancia en los calabozos, estaba resuelta a terminar lo que había empezado con la vesánica determinación de un juramentado.

A la semana siguiente, el juzgado falló dejándola en libertad considerando «enajenación mental transitoria», con una orden de alejamiento respecto del marido, de esas supuestamente inquebrantables por el miedo que supuestamente infunden en los agresores.

No tardó ni cuatro días en atentar de nuevo contra la vida de su marido. Dejó dicho que no hacía más que pensar todo el tiempo en él, que ahora ya sí, viéndose libre, la engañaría con otras, sin saber tan siquiera quiénes eran esa otras ni si acaso existían más que en su imaginación, e intentó, pese a la orden, quemar la vivienda lanzando un trapo impregnado en gasolina a través de una de sus ventanas que prendió en las cortinas y provocó una gran humareda.

Denunciada, fue detenida nuevamente e igual de rápido que entrara en el Juzgado salió de él jurando venganza. A la mañana siguiente, envalentonada por falsa sensación de impunidad, se dirigió a bordo de su vehículo al bar donde sabía que su marido solía desayunar, dio varias vueltas a la manzana echando en cada pasada un vistazo al interior del establecimiento, sin conseguir localizarlo. En la última vuelta acertó a ver a la camarera sirviendo las mesas de la terraza, se le cruzaron los cables, aceleró el vehículo y se lanzó hacia ella. Los clientes saltaron de sus asientos para salirse de la trayectoria de lo que se les venía encima. La camarera soltó la bandeja y brincó hacia atrás, librándose de ser atropellada en el último segundo. Mesas y sillas, vacías, junto con vasos, botellines y platos volaron por los aires, despedidos al ser arrollados, y el coche, sin frenar ni detenerse, terminó empotrado violentamente contra la fachada. «Creía que la camarera era la amante de mi esposo», decía repetidamente mientras la liberaban del amasijo de hierros y cristales rotos en que había convertido su coche. Afortunadamente nadie resultó atropellado, solo daños, el susto y algún que otro ataque de ansiedad. Fue, al decir de algunos testigos, un espectáculo cuya dirección corrió a cargo de una enajenada que sería para reír sino fuera para llorar. También le tocó detenerla en esa ocasión.

A partir de esa fecha no volvería a verla pero sí tendría noticias de otras detenciones por pequeños hurtos, por peleas y cosas así. Tres años después le llegó de la Secretaría una citación judicial para que compareciera como testigo. El día del juicio, la mujer estaba en la sala de espera gritando, bastante agresiva, ser la víctima y no al revés. No la hizo caso. Durante la vista, que se alargó bastante por las preguntas interminables del abogado de la acusada, podía notar los sollozos de la mujer, sentada detrás a su  izquierda, y cómo ésta murmuraba acerca de lo que iba declarando.

La sentencia hizo flaco favor a su marido, y ya, de paso, también a la actuación policial, porque la condenaron a un año y seis meses de cárcel lo cual significaba que, al carecer de otras condenas, no ingresaría en prisión, con lo que era más que probable que volviese a las andadas, eso sí, la orden de alejamiento se la ampliaron a más distancia aun que la anterior: ésta ya sería inquebrantable de toda inquebrantabilidad.

Pasaron tres años más desde aquello (cinco desde que entrasen aquella madrugada por la ventana e impidieran que matase al marido), sin que hubiera sabido de ella. Al parecer se había marchado de la ciudad y había estado vagando todo ese tiempo —supo más tarde—, estaba tan cambiada que no la reconoció al momento de entrar sino un poco después.  Los ojos y cierta expresión de la cara era lo único que conservaba intactos. Ella, comprobó, no lo había  olvidado a él tampoco, pues fue al primero y al único de ambos al que dirigió su mirada. Una mirada triste que reflejaba padecimientos y abandono. Una turbia mirada de honda pena. Una mirada apagada que junto a lo lamentable de su estado le hizo estremecer. A pesar de ser todavía una mujer joven, de treinta y tantos años, parecía ya una momia.

Entró decidida, pero despacio. Dio unos pasos por el vestíbulo y se detuvo a escasos dos metros de ellos, y, sin quitarle la vista, hizo un gesto que indicaba que quería hablar con él, que se acercara hacia ella. Tanta tristeza le produjo verla así, en aquel estado, que recorrió el trecho que los separaba. La saludó por su nombre y le preguntó que qué se le ofrecía. Ella, entonces, comenzó a llorar conteniendo el llanto, y, entre hipidos, le dijo que estaba abandonada, desahuciada, que dormía en la calle sometida a las inclemencias del tiempo, que no tenía dinero y que mendigaba, que en muchas ocasiones recogía de los contenedores de basura para comer. Hizo una  pausa, lo miró de arriba abajo, la mirada lánguida y sin brillo, como estudiándolo. Siguió contándole que se había dado cuenta de que sufría un trastorno psicológico o psiquiátrico, pero que ni podía permitirse un tratamiento ni autoridad alguna se lo concedía, aun ofreciéndose voluntariamente a ello.  Rompió a llorar como si contarle aquello fuese la última cosa que le quedara por hacer en la vida. Tomó un poco de aire, con la voz entrecortada, sin dejar de mirarlo y, casi arrodillada, le dio las gracias.

No hay por qué darlas.

—Gracias —repitió—. Aunque tenga ésta vida tan miserable recuerdo que tú,  a pesar de haberme detenido, me ayudaste a comprender mi locura.

Ahora  le hablaba en un susurro, acercándose más a él, por lo que éste entornó la cabeza para escuchar mejor. Le puso mano sobre el hombro; que no retiró. Parecía estarle pidiendo perdón por todo, tan arrepentida de verdad por el calvario que padecía que permitió, pese a la hedentina, que lo abrazara ligeramente acoplándose a él. Trascurrieron así unos segundos, hasta que, de repente,  sintió un agudo dolor en el pecho. Al apartarla de sí pudo ver el filo ensangrentado de un puñal en la mano de ella. Se palpó una humedad caliente que sentía discurrirle por el tórax hacia el estómago, contemplando horrorizado al retirar sus manos que estaban llenas de sangre goteante. Se le nubló la vista y cayó al suelo, mientras escuchaba gritos de sus compañeros y golpes. Al poco rato se hizo la oscuridad y el silencio. Y creyó dormirse. Soñó largo rato y sin fin.  Soñando soñaba, que estaba despierto y que volvía, contra el crepúsculo, por la calle de sus recuerdos.  

Miró el reloj de la mesita, eran las 21:00 horas del sábado, hacía apenas 20 minutos que había recobrado la consciencia. Sabía ya que estaba en el área de observación de aquel hospital, fuera de peligro y que la sangre del puñal que viese y que por un momento creyera perteneciente a la mujer quien, en un brote de locura, se había tratado de suicidar, era en realidad suya y que el apuñalado no era otro que él mismo.

Llevaba más de quince años en el cuerpo y aun le quedaban muchas cosas por aprender, reflexionó. La primera, que no hay que dejarse llevar por los sentimientos y no fiarse jamás de nadie por muy ángel desvalido que nos parezca o en piel de cordero envuelta con que se vista. La segunda, observar en todo momento las medidas de autoprotección. Y la tercera, que en caso de duda es que no hay dudas. Tres normas que ya no olvidaría. Como el marido de ella: lo podía contar, lo cual sin ser mucho lo era todo. Una mueca que pretendía ser una sonrisa se le dibujó en  los labios. O eso creyó. Horas después le retirarían el tubo de respiración que tenía insertado. Y más tarde de eso, recuperada la posibilidad de hablar, sería informado por sus compañeros de que a la mujer finalmente se le había dado el lugar perfecto donde vivir: el Área de Psiquiatría de La Prisión de Mujeres. Le dirían, asimismo, que su última frase, pronunciada antes de entrar al calabozo, fue: «Dadle las gracias a vuestro compañero, él siempre me ha ayudado. Gracias a él ya tengo un lugar donde me van a curar».

FIN

 

 

 




 

miércoles, 7 de febrero de 2018

EL CATALÁN: UN VASO DE AGUA CLARA




peman2





En 1970, coincidiendo con la discusión en las Cortes españolas del proyecto de Ley General de Educación —que habría de traer, no tardando, la EGB—, se inició una campaña en Cataluña a favor de que el catalán se enseñara en las escuelas: «Catalá a l´escola», era el lema. Corporaciones, entidades, prensa e intelectuales de toda Cataluña la secundaron y, de una u otra manera, cada cual en la medida de sus circunstancias, le mostraron su apoyo. La cosa tuvo su difusión, la campana sonaba pero, aun así, se dieron cuenta de que no tenían buen badajo y los ecos no llegarían donde debían; les faltaba el apoyo de algún intelectual de fuera, a quien además los del Régimen, que estaban muy renuentes a la concesión de sus demandas (recordemos que lo que se reclamaba era, en principio, una asignatura llamada catalán), tuvieran en alta consideración. Y es aquí donde entra en ese momento histórico para las pretensiones de reconocimiento de los catalanohablantes, alguien, una persona cuyo artículo publicado en el ABC, tendría una importancia singular. Nos estamos refiriendo al académico de la lengua y prolífico escritor don José María Pemán, hombre de ideas monárquicas y conservadoras. Se lo pidió su amigo y tocayo José María Areilza, igualmente monárquico pero más liberal,  por teléfono, a resultas de una petición que le hizo Josep Andreu Abelló, un abogado militante de ERC, vuelto del exilio en los sesenta. Y Pemán, sin titubear, aceptó escribir el artículo que se le solicitaba como erudito y como defensor que era de causas nobles. Al día siguiente, Pemán estaba en Madrid, y al cabo de unas horas entregaba a Areilza una copia del artículo que había escrito y que, magistral como solía, había titulado: «El catalán: un vaso de agua clara».
 El artículo fue reproducido en la mayor parte de la prensa española de la época, incluida La Vanguardia. Y mereció el agradecimiento sincero de todos los catalanes que ni de cerca soñaban con que en apenas tres décadas más, lo que se llegaría a tener que solicitar, pero de la Generalidad, es lo contrario: que se pudiera enseñar —también y además— en español en las escuelas de Cataluña. «El castellano en la escuela».

Hoy, cuando Pemán está siendo objeto de un enconado ataque que trata de desprestigiarlo como escritor e intelectual, solamente por sus ideas, convienen recordar este artículo.


 
 





EL CATALÁN: UN VASO DE AGUA CLARA


1970 (ABC).


Por José María Pemán.


 


Venir a Madrid, de cuando en cuando, es un modo de encontrar los problemas socio-políticos ya planteados; ya en su período emocional y confuso. Es como llegar a una comedia en el segundo acto: cuando el desenlace se vislumbra cercano, y las fuerzas dramáticas presionan para que ese desenlace sea de este modo o del contrario.


En esta ocasión me encuentro —¡otra vez!— el problema del idioma catalán revivido con ocasión de la enseñanza en las escuelas. Pienso que el primer problema del catalán como idioma es este de calificarlo como «problema». En este caso, como en otros muchos, el problema es el modo de manipular una cosa que en sí misma no lo es. El catalán, en sí, no es un problema: es una evidencia. Lo que ocurre es que las evidencias cobran fisonomía contorsionada de problema cuando son manejadas por los políticos, ¡que ésos sí son problema!

Ahora el tema echa chispas, porque en las Cortes, con ocasión de discutirse la Ley de Enseñanza se ha dicho que se tuviera cuidado con el catalán, que podía ser portador de virus políticos. Es otra vez la suspicacia renacida. Desde el día siguiente de la liberación de Cataluña se vio el camino que iban a emprender algunos, reincidiendo en pasados errores. Estuve en Barcelona en los primeros días. Aparecieron calles y esquinas empapeladas de tiras o rótulos inoficiales con este texto: «No hables catalán, habla la lengua del Imperio». Se iniciaba esa fórmula que había de emplearse en muchas cosas: contestar a los hechos con los vocabularios. A mí me invitaron poco después para ser mantenedor de los Jocs Florals, que iban a reanudar la vieja tradición provenzal. La invitación iba acompañada de unas notas en las que se me adelantaba que no admitirían poemas escritos en catalán. También confidencialmente se me rogaba que no hiciera la exaltación de Joan Boscán, el primer poeta catalán que, a finales del siglo XV, escribió versos en castellano. Contesté excusándome, porque vi claramente que se organizaba un acto «separatista»: que de una raya o frontera tanto puede uno separarse de un lado como de otro; y por una ley dinámica social el tirón hacia dentro es correlativo e inseparable del empujón hacia fuera.

Estaba claro que algunos estaban dispuestos a reincidir en la viciosa distribución arbitraria de buenos y malos. Por aquellos días en el orden cultural se armó revuelo cuando D’Ors publicó una «lista de las cosas que los griegos no tenían», en la que enumeraba, al lado de las gafas o la bufanda, la confesión vocal. Ahora se redactaba la nueva lista de cosas malas con igual convencionalismo: los partidos, el parlamento, la Prensa... el idioma catalán. Clasificadas así las cosas se les aplicaban soluciones absolutistas: enmendándole la plana a Dios; que, por ejemplo, prohíbe el adulterio, pero no prohíbe, curándose en salud, que salgan las mujeres a la calle, que las puertas tengan llavines, que los hombres se suban el cuello del abrigo, y otra porción de cosas que indudablemente facilitan la consumación del pecado. Guillotinando el enfermo se cura evidentemente su dolor de cabeza. Prohibiendo aprender a hablar el catalán, es seguro que en catalán no se dirá ninguna cosa desagradable o contraria al pensamiento del que hace la prohibición.

Para darse cuenta de que el catalán es una realidad evidente y biológica, basta observar el actual episodio. Plantean el tema restrictivamente los políticos, y le replican a coro la cultura, la antropología, el romanticismo. Se cita la Pacem in Terris, de Juan XIII, donde dice que hay que «promover el desarrollo humano de las minorías, con medidas eficaces en favor de su lengua, su cultura o sus costumbres». Se citan también parecidas consignas de la UNESCO. Está bien claro que el tema tiene raíces trascendentales muy por encima de la pura política. Es bien claro que si se anuncia un proyecto de ley económico, mercantil, financiero, acuden a opinar; convocados o espontáneamente, las cámaras profesionales, las empresas, los sindicatos. Pero cuando lo que se plantea, como ahora, es el tema de la lengua catalana, acuden con una ensordecedora espontaneidad los ateneos, los clubes de fútbol, los catedráticos, los teatros de aficionados, las parroquias, los grandes almacenes... Está bien claro: es la «vida» en su totalidad espiritual y física la que se ha sentido convocada.

Todas estas realidades vivas se sienten dolidas al ver que como se propone cachear a los viajeros de las líneas de aviación, previendo la piratería aérea, se propongan algunos cachear al catalán por si lleva por si lleva virus escondidos. No se comprende que estamos ante hechos biológicos que se escapan de las manos. El día en que Menéndez Pelayo fue mantenedor de unos Jocs Florals, pronunciando en catalán parte de su discurso; y en que el poeta premiado con la «englatina de oro» era Jacinto Verdaguer, que declamó parte de su Atlántida; desde ese día había un hecho irreversible, que la política no podía desconocer: porque no era de la familia de las leyes o los decretos, sino de la familia de la biología y la física como la montaña de Montserrat, el Llobregat o el Mediterráneo.

Todavía son muchos los que escriben preguntando si el catalán o el gallego son lenguas o dialectos. Creen que ésta es una jerarquía administrativa que se dictamina desde fuera. Se es lengua cuando se tiene alojada en sus palabras una gran literatura. Nadie puede votar a Curros Enríquez, Rosalía de Castro, Verdaguer, Maragall o Sagarra. Hay pueblos bilingües, eso es todo. Son muchos los catalanes que aunque hablen perfectamente el castellano piensan en catalán. No vale dar distinto valor al hecho de pensar en una lengua cuando hay dos, según el enfoque polémico del tema. En Puerto Rico, cada día más, se habla el inglés por personas que piensan en español. Le puede salir el tiro por la culata y herir la Hispanidad al que no valora en el pleito del catalán lo que es la lengua del pensamiento.

Hay que superar esa tendencia muy española a enfocar las cosas en un sentido positivo y resignado, en vez de creador y activo. Es el caso de los beatos y escrupulosos que cuando el Papa decretó el permiso de beber agua, sin límite de tiempo, antes de la Comunión, encaraban el hecho como una condescendencia melancólica a la que había llegado el Papa porque no tenía más remedio. Sin entender que el episodio tenía un valor positivo; y lo que el Papa hacía era ensanchar las posibilidades de los comulgantes contra las dificultades y limitaciones de la antigua regla del ayuno: que es a lo que el Papa quería poner remedio. Lo que nos asombra no es que lo hiciera así, sino que durante tantos años y siglos se mantuviera esa suspicacia de impureza, frente a una criatura tan limpia y transparente como el agua.

Del mismo modo, el catalán no es un hecho que se «conlleva» o al que se resigna uno. Es un hecho, no pasivo, sino activo, que significa enriquecimiento y aumento para España. Transparente el contenido y el cristalino continente, nada hay en este tema que sea resignación o componenda. Hablar o leer o aprender el catalán es un hecho simplicísimo. Se trata de beber un vaso de agua clara.
 

 




 

martes, 23 de enero de 2018

Lo contenido en los abrazos


 


Era la típica pareja de policías, personas normales sin particularidades, de los que uno puede cruzarse doblando cualquier esquina o saliendo de una cafetería sin reparar en ellos. El mayor de los dos, que es quien conduce, y que roza la cincuentena, se llama Martín; el otro, más joven, de treinta y pocos, y menos alto, se llama Pablo. Delgados, de los que hacen deporte, no de los de barriga. Se han conocido el año anterior, al llegar de otros destinos. Se cayeron bien desde el principio y estaban a gusto el uno con el otro trabajando. Casi podría decirse que, sin haber llegado a intimar, congeniaban. El oficio es lo que tiene, que todos acaban encajando más tarde que temprano. Martín, en las tres décadas que llevaba, había pasado por todas las especialidades de la policía menos por una: por el archivo, como según él mismo decía socarrón, y después de una pausa añadía: hasta que me archiven, claro. A Pablo le gustaba que su compañero supiera casi de todo, eso facilitaba mucho el trabajo porque él, al contrario, había estado de escolta y lo que era el tema «de la calle»: nada de nada. Tan verde como uno de prácticas. Martín estaba puesto en derecho lo suficiente como para tipificar la mayoría de delitos, sabía instruir atestados, incoar expedientes, hablarles a los requirentes con soltura y, por si esto no fuera suficiente, empleaba maravillosamente el sentido común. Para colmo, llegado el caso, hasta sabía defenderse: cinturón negro. Ambos soñaban con no estar mucho más tiempo allí, en los «zetas», en el caso de Martín por lo pocos años que le quedaban; en el de Pablo por los muchos. Los zetas: los últimos del abecedario, los primeros en todo lo demás, tal debería de ser su lema. Y es que, a decir verdad, ellos son siempre los primeros en llegar al lugar, a menudo los únicos policías que están cuando hay que estar porque trabajan a turnos cubriendo las 24 horas del día y lo hacen desde la calle, a quienes toca, por eso mismo, lidiar en primicia con lo peor de la sociedad, supuestamente civilizada, ora con el verbo, ora con la espada, siendo de esta manera en todas partes sea cual sea el lugar donde presten servicio.

A Pablo la tarde le empezaba a resultar aburrida, consultaba con insistencia el reloj del salpicadero constatando, maldita sea, que no habían pasado sino unos minutos desde la anterior vez. Ahora había apoyado la cabeza en la ventanilla y estaba pensando en que no estaría mal un poco de acción para quitarse el tedio cuando, de repente, vio algo que llamó su atención.

—¡Ahí pasa algo!—alertó.

Martín detuvo el coche junto a un parque. Pablo le señalaba a un grupo de cinco mujeres que estaban al otro lado del césped, en torno a  un banco, al pie del cual se encontraba una sillita de bebé vacía. Había una joven arrodillada y algo en el suelo, un bulto blanco. Desde donde estaban solo podían verla de espaldas: muy joven, pelo recogido en moño, vestía de oscuro con una falda larga y hacía aspavientos con los brazos y gritaba algo que no oían.

—Parecen rumanas —responde Martín, agudizando la vista.

Al verlos, las mujeres les hacen señales para que acudan. Se apean y corren hacia ellas. Al acercarse comprueban que lo que yacía en el suelo era un bebé, tres meses como mucho, y que la chica que estaba a su vera arrodillada, haciendo ademanes de desesperación, la cara desencajada por la impotencia, era una quinceañera con pinta de ser su hermana, a quien Martín conocía de haber estado en su casa meses atrás, por una llamada de vecinos alertando de que estaban escuchando una fuerte discusión de pareja, que resultó ser que el padre, que había llegado borracho a casa y con ganas de armarla, le había atizado a su madre, a la sazón embarazada, todo ello delante de sus hijos y no sin antes ponerla a parir (nunca mejor dicho) por haber tratado ella de abroncarlo (lo que él consideró un ataque a su autoridad patriarcal), por lo que terminó detenido en el calabozo. Lo triste del caso es que luego, en el juzgado, la mujer negó que la hubiera golpeado y declaró que sólo se trataba de una discusión, la juez retiró la orden de alejamiento y al final: los malos de la película fueron ellos.

 

Las mujeres gritan y hablan todas a la vez: «hagan algo, el bebé no respira», «llamen al 112, deprisa», «que venga una ambulancia».

Las cinco mujeres miran a Pablo. Pablo mira a las mujeres, a la chica, al bebé y a su compañero. Martín no mira nada más que al bebé, parece estar concentrado en lo que tiene ante sí, sopesando lo que debe de hacer.

Con el brazo traza un círculo en el aire, en señal  de que todas las presentes se aparten, luego se arrodilla junto al bebé y con sumo cuidado lo despoja de las mantitas que lo cubren. Hay un par de mujeres que continúan gritando, diciendo que está muerto.

—¡Guarden silencio, por favor! —les ordena.

Hecho esto, pone su oído en la boca del bebé y escucha  unos segundos. Niega con la cabeza.  Si hay que hacer algo debe ser ahora, parece decir su expresión.

—Pide ambulancia, Pablo.

Pablo asiente y se retira  un poco para transmitir con la Sala, sin dejar de mirarlo de reojo.

Martín comprime con dos dedos el pecho del bebé, a continuación le insufla aire en la boca, tapando muellemente su naricita. Repite la acción varias veces, pero no hay reacción alguna.

—¿Cuánto tiempo lleva así, Corina?

—No sé, unos segundos. Apenas un minuto.

Corina, al oír que pronuncia su nombre, también lo reconoce como el policía que detuvo a su padre.

—¿Qué estabas haciendo cuando ocurrió?

—Le acababa de dar el biberón.

Martín coloca ahora al bebé boca abajo sobre su antebrazo, apoyando éste contra el muslo, y con la palma de la mano libre le da unos golpes en la espalda, seguidos y firmes, entre los omóplatos. Uno. Dos.

Pablo se está preguntando si Martín sabe lo que hace. Corina que si esos golpes no romperán su frágil cuerpo como un jarrón de porcelana. Y las otras mujeres: si valdrá para algo, ya que lo más probable es que esté muerto.

Tres. Cuatro. Cinco.

Se interrumpe cuando le va a dar el sexto golpe. De la boquita del bebé sale expulsado algo. Luego tose. Y finalmente regurgita un líquido blanquecino.

Las cejas de Martín, ceñudas hasta ese momento, se le arquean bajo el flequillo. Resopla, complacido, al comprobar que el bebé rompe a llorar. Está vivo.

Corina contemplaba la escena del policía con su hermanita llorando en sus brazos, su rostro traducía asombro y maravilla, como si fuera la primera vez que la oyese llorar, como si ésta acabara de nacer y como si el policía que hace meses detuviera a su padre, y al que tanto maldijo por ello, fuese ahora otro hombre distinto.

—Cógela tú en brazos. Llora porque a mí me extraña.

Seguía mirándolos sin pestañear, con la mantita en una mano y el biberón vacío en la otra.

—Vamos, cógela. Los abrazos curan tanto como las medicinas.

Reacciona al fin, abrazándola y comiéndosela a besos.

Martín, que permanecía de rodillas, cubre al bebé con la mantita.

Al grupo de mujeres se suma una última que viene gritando por la calle, temiéndose lo peor. Martín se gira:

—Es tu madre.

—Me va a matar —dice Corina, mordiéndose el labio inferior—. Pero no me importa.

—No, de ninguna manera. No en mi turno, ya está bien por hoy de reanimar—responde burlón.

De no ser por la situación, Corina hubiera respondido con una sonrisa, en lugar de este esbozo que se le traza en los labios, pero a cambio rompe con un prejuicio que albergaba sobre los policías y que, aunque no lo sabe aún, desechará para siempre.

Corina le cuenta a su madre lo sucedido, con los nervios lo hace en rumano. A medida que la mujer escuchaba, el rictus de su cara la frente arrugada, se iba suavizando. Al coger al bebé en brazos había dirigido por encima del hombro de éste, entre  besuqueos primorosos, una mirada de desconfianza a los policías, especialmente a Martín, cual si el motivo de su presencia allí fuera el de crearle problemas, con la custodia del bebé acaso, como ya se los crearon con el marido —libre de medidas cautelares, reanudaron la convivencia y las broncas—, pero, ahora, cuando su hija ha terminado de explicarle y se abraza también a ella, fundiéndose las tres en un abrazo, las miradas que les prodiga son mezcla de alivio y de agradecimiento.

—Gracias. Muchas gracias—dice finalmente. Y trata de sonreírle. Otro esbozo.

Es una sonrisa incipiente, pero sincera, comprueba Martín. Algo es algo.

Llega la ambulancia y los sanitarios, tras un primer reconocimiento, deciden llevársela al hospital. Al grupo de mujeres se le han añadido otros vecinos, que acuden alertados al escuchar la sirena de la ambulancia y ver a la policía. Todos quieren saber y preguntan a medida que llegan, siendo informados por el  último en sumarse, como en las colas del súper.

—¿Pero quién reanimó al bebé?  —quiere saber el último en llegar.

—Un policía —le responde un barrendero sin reparar demasiado en  su interlocutor.

—¿Qué policía?

El barrendero ahoga la respuesta al girarse y comprobar, ahora, que está vacío el lugar donde hace nada estaba aparcado el vehículo policial.

 

***

En la sala de espera de Urgencias, el médico les está hablando a las dos mujeres, el aire profesoral, las gafas de diseño ligeramente caídas en la punta de la nariz. Todo parece correcto, parece decirles, cuando advierten la presencia de los policías.

De nuevo el gesto de desconfianza oscurece el rostro de madre e hija, arrugándoseles la frente. El médico se vuelve en la dirección de lo que miran y, colocándose las gafas con el dedo corazón, saluda a los recién llegados: Buenas noches.

 —Buenas noches. No teman. Venimos a interesarnos por la salud de la pequeña. Nada más. Y nos iremos lo mismo que hemos venido.

Martín sonríe al hablar. Es una sonrisa franca, sin dobleces.

—La niña está fuera de todo peligro —responde la madre, tras las dudas iniciales. Quiere creer en esa sonrisa. En la gente que sonríe así, está segura, se puede confiar.

—Él es el policía que la reanimó —explica Corina al médico.

—Vaya, pues están en deuda con este hombre. A él hay que agradecerle que no estén hoy de luto.

La madre se levanta, está desconcertada, mira al suelo como buscando en las baldosas las palabras. No sé cómo agradecerles, acierta a decir tras unos segundos. Luego rompe a llorar y se abraza a Martín.

—Pues eso, un abrazo es buena recompensa.

Corina también lo abraza, después de su madre. En silencio, sin decir nada, pero diciéndolo todo.

Están un rato más, donde todo trascurre de forma cordial y en el que médico les habla de que la causa de la parada respiratoria fue debida a un atragantamiento y de que, lo mejor de todo,  a la niña no le quedarían secuelas, al cabo del cual los policías, satisfechos, se despiden y comienzan a alejarse por el pasillo hacia la salida. A mitad de recorrido Martín se detiene y vuelto hacia ellas, dice:

—Un día, cuando esa pequeñaja sea una mujercita como lo es Corina ahora, contadle que su primer beso se lo dio un policía.

—Lo haré.

Madre e hija están sonriéndole. Por primera vez. Consciente de eso, suelta:

—Pero decidle que era un policía apuesto.

 

©Humberto 2018.